La persistencia de la pintura

Publicaciones Por on septiembre 10, 2012 en Textos y entrevistas | 0 comentarios

LA PERSISTENCIA DE LA PINTURA

Partamos de una evidencia indiscutible: un pintor realista es aquél que asume su responsabilidad de ver profundamente y de hacer ver a los otros, o sea, de ver aquello que no se aprecia de manera inmediata ya que demandas extra artísticas distraen la mirada. Pensemos que la realidad comprendida por el arte no es la realidad tal cual; si lo fuera el arte sería inútil, un duplicado superfluo. Lo cual significa que el pintor tiene que distanciarse de la realidad captada a simple vista, pues su tarea consiste en transfigurar, en redimir a los seres y a las cosas del maltrato y de la indiferencia a que son condenados en el mundo utilitario-mercantil-instrumental. Pintar, hacer arte, exige conformar y reconstruir lo dado en lo que tiene de estético. Para lograrlo se requiere aunar cierto oficio a la capacidad de ver el fondo de la realidad y, -ya metidos de lleno en la práctica pictórica, basta contar con unos cuantos elementos primarios: pinceles, espátula, colores, aceite, barnices, telas y un temple de ánimo presto a constituir algo en sí excepcional: el acto creador.

La mirada que cala los trasfondos del mundo se adquiere mediante un arduo aprendizaje de ese lenguaje en que la percepción radical ha quedado plasmada esencialmente; me refiero a la historia de la pintura: concepción del espacio, iconografía, técnicas, modos de composición, relaciones entre el dibujo y el color. Santiago Carbonell asume dicha experiencia iniciática, y en ella encuentra su visión. Visión cambiante, porsupuesto.

Captación de detalles imperceptibles mediante un dibujo ceñido y exacto, labor artesanal que, muestra la fe del artista en las cosas del mundo concreto, sus matices, sus formas, su presencia. En fidelidad a su pertenencia al aquí y ahora circunstanciales, bodegones y retratos conviven en sus lienzos sin dificultad alguna. Carbonell pinta con la acuciosidad del artesano, y en tanto aprendiz de la realidad que es. Lo que logra no es poco: el dominio de la pintura natural valiéndose de la fotografía, entresacar de entre los dones ofrendados por el mundo lo que tienen de específico e individual, reconstruir y llevar las formas a una plenitud irrevocable.

La creación de una atmósfera claro-oscurista envolvente da espléndidos frutos: de ser un receptáculo indiferente, el espacio deviene una presencia decisiva; es uno con las figuras, puesto que está modelado con la misma densidad y complejidad que la parte iconográfico a la que acoge y desborda. Y, debido a que la materia plástica con que están representadas las imágenes es similar a la cualidad pictórica del espacio, de ninguna manera podemos separar ya –como sucedía en las primeras obras del pintor-las figuras y el espacio confinante.

Unidad compacta reforzada por el hecho de que Carbonell no sólo prescinde de objetos y elementos innecesarios sino que se atiene, la mayoría de las veces, a una o dos figuras dotadas de centralidad y de jerarquía compositiva. El pintor no ha hecho entonces más que crear un espacio- visión que tiene por nexo y aglutinante la luz tenebrista dirigida con doble intención: dotara las formas de energía plástica, yola pintura de una visión lumínico-atmosférica.

Carbonell concentra pues sus esfuerzos en la recreación de espacios interiores, buscando preservar la soledad impenetrable, buscando salvaguardar con ello la, intimidad y el silencio de los personajes representados, destacadamente mujeres. Pero nuestro pintor da un paso más: abre su pintura al espacio externo en que la naturaleza, acogida en su entraña infinita, cubre tela tras tela. Por un lado paisajes puros; por el otro, el entramado de paisaje y figura. En los paisajes, el pintor encarna la dimensión de la vastedad. No somete, deja estar. Le interesa que la naturaleza emerja ante nuestra vida de un modo velado e íntimo. Ciertamente Carbonell inventa, imagina, se proyecta en la naturaleza; estamos ante paisajes tamizados por el mundo secreto e interior de una existencia entregada a su propio enigma; ante un diálogo inconcluso entre el pintor y lo que lo sobrepasa.

Jorge Juanes