Tercer tiempo: El artista y su trabajo

Publicaciones Por on septiembre 5, 2012 en Textos y entrevistas |

Ahora que lo pienso, no podía ser de otra forma: mi gradual encuentro con Santiago Carbonell debía por fuerza terminar en Querétaro y en persona. Desde mucho tiempo atrás había oído decir que el artista vivía en algún lugar de la provincia mexicana, pero nunca acabé de creerlo. Y seguí sin creerlo cuando yo mismo decidí hacer de ese lugar preciso mi refugio, mi ermita. Mi búsqueda inconsciente o pasiva del artista de mis tantos desvelos siempre tuvo algo de azaroso, y es quizá por eso que hoy me parece natural que pueda verle en su estudio, dedicando horas sin cuenta a definir el contorno de un hombro, de una mano, de una espalda. Lo veo allí y le oigo decir, enfático y desenfadado: “Mi trabajo es pintar”. Carbonell lo dice con la misma convicción con la que hoy lo afirman numerosos escritores, escultores y cineastas nacidos en la década de los sesenta. Lo dice con una absoluta convicción que habría temblar a nuestros antecesores, a los que dejaron de pintar y escribir para consagrarse a la gestión cultural, a los brindis, a la bohemia negligente. Su sentencia es la misma que cotidianamente elaboramos contra los improvisados, los ingeniosos tomadores de pelo, los inventores del arte relleno de helio.

Carbonell vincula su devoción por el trabajo y su pericia técnica con su necedad impenitente e ibérica. Pero a mí me parece más bien propia de una generación, que no es otra que la mía, una generación que creció ante el desencanto de sus padres y sus hermanos mayores, y que desde muy pronto hizo del arte su única utopía. Como en todos o casi todos nosotros, de su juventud politizada y maoísta o de su paso por la América del sandinismo y de la nueva trova, ha quedado la lección de que el arte es la única ingenuidad que puede permanecer intacta o al menos la única que vale la pena ser defendida encarnizadamente por el artista. Cansado acaso de las satanizaciones maniqueas del mundo, de la sublimación amarfilada del artista en su torre y de los innumerables elogios a la improvisación, ahora enfrenta el mundo desde el mundo, siempre en la consciencia de que el artista es su trabajo y que eso lo engrandece. Por eso mira ahora de frente el discurso de la publicidad, por eso busca y realiza sus renovaciones en las paradojas de la moda, en las contradicciones de la vida cotidiana y familiar, en el rechazo
constante y fatigado a los círculos artísticos o intelectuales. Como él mismo, su obra se declara necesaria, una y otra vez reflexiona sobre su propia historia y su propia esencia, una esencia que no es concebible sin forma, mucho menos sin pericia.

De los ochentas a los dosmiles Santiago Carbonell ha recorrido un largo trecho que es paradójicamente cercano a muchas formas del arte y al pensamiento de muchos de los artistas que hoy construyen nuestra extraña modernidad. No veo lección más clara de que el arte es sobre todo una azarosa conspiración de soledades.

Ignacio Padilla
Santiago de Querétaro, 2006.