La pintura de Carbonell es grito, es alétheia.

Publicaciones Por on octubre 16, 2012 en Textos y entrevistas | 0 comentarios

Por Sergio Salvador Aguirre Anguiano
Ministro de la Suprema Corte de Justicia.

En los pasos perdidos de la Suprema Corte de Justicia existen caminos de palabras y silencios, de hombres y mujeres, de recuerdos y de olvidos. El nombre del mural es complicado, y dado por un artista que no gusta de nombrar sus creaciones, además es untando misterioso formado parte de lo insondable de su obra, la cual, paradójicamente, lleva en sí el mensaje exotérico de lo admirable. Quiéralo o no, esto es mío, se reflejó en mis pupilas, lo así en mi intelecto y lo leo y lo interpreto tal como lo percibo. Igual podrán hacer todos lo que lo capturen en la retina, el trabajo es también de ellos.

La primera impresión que tuve al admirar la representación pictórica del quiteño de nacionalidad española residenciado y amante de Querétaro, Santiago Carbonell, trajo a mi memoria la vivencia preñada de analogías que experimenté cuando ya hace muchos años leí por primera vez el hondo misticismo del gigante poeta políglota praguense quien por cierto, fracasó en sus estudios de Derecho: Reiner Maria Rilke, en sus Elegías de Duino. Duino, castillo dálmata cercano a Trieste, elegías que son piezas maestras que concibió contemplando el paisaje brumoso desde un acantilado de 200 metros sobre el nivel del mar, entre el furor del viento y el movimiento ondulante de las olas y de las dunas, cuyos dos primeros versos parecen inspirados por una relación con lo sagrado e inician así:

¿quién me escucharía entre las cortes de ángeles si grito?

Es que la pintura de Carbonell es grito. Es que la pintura de Carbonell es devoción a la belleza. Es que la pintura de Carbonell es búsqueda del ser. Es que la composición poética de Rilke y la plástica también poética de Carbonell son metafísica pura y delicada sensibilidad amorosa. Ludwig Wittgenstein, discípulo de Bertrand Russell en el Trinity Collage en su Tractatus Logico Philosophicus nos habla de que lo verdaderamente trascendente como el sentido de la vida, constituye lo inexpresable, y termina su Tractatus con el célebre aforismo “De lo que no se puede hablar, mejor es callar”. Russell se queja de que Ludwig encuentra el modo de expresar una buena cantidad de cosas sobre aquello de lo que nada se puede predicar, su defensa consistiría en decir que lo místico puede mostrarse pero no decirse; se quejaría desde luego de mí, que estoy incursionando, sin conocerlos, en terrenos del arte pero mi defensa no es otra que lo mío es acatamiento a las instrucciones de mi pleno, que además gustoso cumplo.

La ventaja de Carbonell sobre Wittgenstein y sobre mí, desde luego, es que él puede decir, mostrar y demostrar en su pintura poéticas y metafísicas. La afirmación radica en el carácter metafísico del mural es expresada por medio de las palabras Yo Soy, que escribió en la sección central. No es un Yo Soy cartesiano, pues está lejos del idealismo de la rex cogitem, de la concepción del hombre sólo como una cosa que piensa del ser humano como un sujeto pensante, pues sin dejar de lado ningún aspecto intelectual del hombre, nos presenta la rex extensa, con toda la apostura de la corporalidad que muestra a lo largo y ancho de la pintura. Tampoco es entonces un yo soberbio, un “¿quién como yo?.

Según aprecio, palpita la pregunta sobre el ser y la existencia en su indagación por la verdad que la infiero ligada al nombre primigenio, que los primitivos filósofos de la antigua Grecia como Parménides de Elea –el descubridor del ente de las cosas en cuanto son- daban a la autentica Filosofía, la cual es un feo nombre pues “el amor a la sabiduría”, dice mucho muy poco. El nombre de la nueva disciplina descubierta por esos presocráticos, nos dice Ortega y Gasset, era el de Alétheia.

Esta experiencia viviente del nuevo pensar griego que iba a ser el filosofar, fue maravillosamente denominada por Parménides y algunos grupos alertas de su tiempo con el nombre de Alétheia en efecto, cuando al pensar meditando sobre las ideas vulgares, tópicas y recibidas respecto a una realidad, encuentra que son falsas y le aparece, tras ellas la realidad misma le parece como si le hubieran quitado de sobre ésta, una costra o un velo o cobertura que la ocultaban tras los cuales se presenta en cueros, desnuda y patente la realidad misma, lo que su mente ha hecho al pensar, no es pues sino algo así como desnudar, descubrir, quitar un velo o cubridor, revelar, desvelar, descifrar un enigma o jeroglífico: esto es lo que significaba en la lengua vulgar el vocablo Alethéia: la verdad.

La verdad como desvelamiento y la filosofía como aletheia me llevan directamente a destacar la importancia que en los trazos de Carbonell viene el desnudo, posteriormente aludiré a ello con símbolos. Ahora quiero solamente hacer referencia al desnudo concretamente al femenino en toda su pudorosa sensualidad y belleza.

Lo más sublime del arte universal tiene como su preciso centro de perfección al desnudo femenino, referente permanente en el arte occidental, Grecia, el Renacimiento, el Barroco y el Rococó, según lo expresó Santiago en una entrevista con Jorge Juanes. Así, el cantar de los cantares de Salomón, donde el novio canta a la novia, entre otras cosas en encanto de su cuerpo, es un poema que fue dejando a salvo el significado psicológico simbólico, inspiración de artistas desde varios siglos antes de Cristo hasta nuestros días.

Que lindos se ven tus pies con sandalias, hija de príncipes

Tus caderas torneadas son collares,

Obra artesana de orfebres.

Tu ombligo, una copa redonda que reboza vino aromado.

Tu vientre, montoncito de trigo adornado de azucenas.

Tus pechos, igual que dos crías mellizas de gacela.

Tu cuello, como torre de marfil.

Tus ojos, las piscinas de Jesbón.

Junto a la puerta de Bat Rabbim.

Tu nariz como la torre del Líbano,

Centinela que mira hacia Damasco.

Tu cabeza destaca como el Carmelo,

Con su melena, igual que la púrpura

Un rey, en esas trenzas está preso.

Humberto Eco, en su Historia de la Belleza, describe cómo en los primeros pitagóricos, nace la idea, que más tarde se concretaría en el canon griego de la estética del cuerpo humano, como proporción, armonía y equilibrio entre dos entidades opuestas y justas, proporción de la simetría. Nuestro muralista ha formado su dibujo y su pincel experimentando los paradigmas clásicos sin ser en absoluto un neoclasicista, con un marcado énfasis en el claroscuro de Caravaggio, pero eso sí, llegando por el camino de los clásicos y el paisaje de los románticos hasta el llamado foto-realismo, que en él no es una simple técnica fotográfica, sino realismo puro exterior e interior, que es profundidad, descubrimiento, poesía, drama, desvelamiento, alétheria.

No creo, ni la obra lo demuestra, que se sustente en el arte deshumanizado, lo que su paisano Xavier Rubert de Ventós llamó “arte ensimismado”. Dejémosle al catalán la descripción de esta tendencia artística. Para la ideología vanguardista convencional, las obras de arte han de ser pues, ante todo, objetos. No han de remitir sino a sí mismas ni indicar otra cosa que su mera presencia; la obra de arte no significa nada, simplemente es; no recuerda ni debe recordar nada, no sugiere ni se parece a nada. La tela que es su propia imagen y su propio recuerdo, es pues, representación de sí misma; no tiene otra ley más que sí misma, es un universo de naturaleza especial que obedece a leyes particulares. Al negar referencia a todos los otros objetos, la obra de arte se hace objeto ella misma. También expresa que la creación pictórica debe hacer hablar a la pintura misma, no hablar por medio de ella.

Estimo que la obra pictórica, como toda expresión verdaderamente artística, por el contrario, reúne en sí dos cualidades que no son contradictorias: habla ella misma y en sí misma como objeto externo pero también nos refiere a algo y para algo. Un verdadero artista debe estar, además de su técnica y virtuosismo, como decían los existencialistas, engagé, comprometido por medio de la estética con la realidad y la transformación de esa realidad cuando es ingrata, por medio de una rigurosa escala de valores. De otra manera el arte se convierte en esteticismo hueco, irrelevante, ornamental y decorativo.

Como abogado y juez que soy, trataré de hacer una hermenéutica de lo que el muralista nos comunica. Debajo de la expresión Yo soy, se encuentra una escena de una madre con el hijo muerto que trae a la mente La Piedad de Miguel Ángel; detrás la sentencia latina el juez justo es clemente, lo cual es una gran verdad. Y unos engranajes mecánicos que muestran la Justicia inclemente como una simple técnica positivista sin ética ni valores, sin sentimientos, fría y metálica como una fórmula matemática sin color ni pasión. Los engranajes referidos me obligan a asociar un paralelismo con una de las ideas pictóricas del Hospicio Cabañas, Patrimonio de la Humanidad, allá en mi Guadalajara con José Clemente Orozco, quien configuró los caballos de los conquistadores convertidos en máquinas destructoras con goznes, tornillos y tuercas y al igual que las armaduras de los conquistadores, aplastando al indio desnudo que les hacía, desproporcionadamente, frente con su corporeidad encuerada. Al juez, con sus verdugos lo pone con dos piedras en la mano, representando el momento dramático de la decisión, lo que me trajo a la mente la crueldad de la justicia fría y fundamentalista de Irán, donde los jueces que tienen la potestad de condenar a un ser humano a ser lapidado, deben ser ellos personalmente los que lanzan la primera piedra. Esa es una imagen que un juzgador ha de conservar en su recuerdo para que resplandezca la justa sentencia que el artista simboliza en un dorado sol naciente, tras un arco de triunfo barroco como barroco es el estilo de nuestro ser mexicano.

Carlos Fuentes definió el barroco como “horror al vacío”, y los mexicanos rechazamos el vacío de nuestras almas que siempre se encuentran pobladas de sentimientos y de emociones, de alegrías o de tristezas, en una profunda riqueza espiritual. Son, en resumen, pasiones que en el juzgador deben converger contundentemente, las nobles de la justicia y de la misericordia.

La justicia se encuentra personificada con un desnudo femenino con todo el esplendor del cuerpo humano, a manera impresionantemente clásica, pero que cobra vida como las Venus renacentistas de Boticelli, Giorgione y Tiziano, o La Ninfa de Jacobo Palma. La dama desnuda sostiene un espejo que como tal, refleja siempre la realidad, prime premisa inexcusable de lo justo. La justicia viviente se torna filosófica, que es representada por la misma figura partida por la mitad: una, transformada en mármol blanco de lo intemporal, tiene a su lado la antítesis, la injusticia, con el dolor del abatimiento de las vivencias más oscuras. Y tanto a la Justicia como a la injusticia les subraya la imagen textualizada inscrita al ras, dándoles fondo.

En la sección izquierda, que el artista dedica al elemento masculino, se destaca la mexicanísima estampa de valor y de fiereza: la silueta de un jaguar prehispánico que nos introduce al mundo de la historia. Los personajes visten de negro, de un luto que lo prueba todo, pero que no ciega su claro pensamiento ni apaga el timbre de su voz sintetizados en una frase grandilocuente: En la sombra, yo opino. De manera impresionante se aprecia un niño con una  pálida luz, que sólo se da en los oníricos personales de Mené Magritte, y es así que como una niña en la sección opuesta, bañados por la blanca luz de la luna, ambos están y no están en el mural, pues incrustados en él al mismo tiempo, lo avizoran y escudriñan. Esas fisonomías infantiles con su poética nostalgia, me recordaron los versos de una de las voces más altas y serenas de la lítica española, quien varios años presidió la Real academia de la Lengua, Dámaso Alonso, que escribió en oscura noticia un poema esplendido a los niños titulado A los que van a nacer, y que en mi sensibilidad incluye también a los que no van a nacer el cual transcribiré sólo unas breves estrofas:

¡Cuán cerca todavía de las manos de Dios! ¿Sentís su aliento rugir entre los cedros del Levante?

¿Hay en vuestras pupilas rabos de oro, vedijitas, aún incandescentes, de la gran lumbrarada creadora?

¿O fraguasteis, tal vez, en su sonrisa –sonrisillas de Dios, niños dormidos- y juerga en vuestras salas, niño eternal, gran inventor de juegos?

Oh, vosotros le veis, seres profundos, y saltáis en el vientre de la madre.

Pero junto a la ternura de esos niños se encuentra la violencia, la bestialidad, la furia, el salvajismo, el mercader de armas que comercia con la muerte, su consejero y su sicario; la lucha social que enfrenta, puños en alto, ruptura de la paz; la revolución que exige sus derechos; la víctima inocente, recuerdo de la muerte y la ritual esperanza de resurrección. En el fondo, de fantasmas de la historia.

La violencia como ingrediente vital del mundo globalizado en el que nos encontramos inmersos se encuentra presente en el perfil del puente de Mostar, en Bosnia, del siglo XVI, que como podemos recordar fue destruido en la guerra multiétnica de la hoy muy reducida Yugoslavia, de que formaba parte en 1993, y fue reconstruido con la colaboración de la UNESCO –entre otros-, en 2004. Ese emblema de destrucción reconstrucción, tiene como fondo paisajístico los perfiles del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl, nuestros volcanes símbolos del donaire de la que un día fue la región más transparente y que inmortalizó en sus mejores momentos, otro de nuestros grandes artistas, José María Velasco. En las escenas de violencia aparece la figura del fotógrafo, alegoría del cronista que, como el notario, da fe de la realidad que le circunda, y del pintor que desde su perspectiva traduce y glosa esa misma realidad.

En la sección dedicada a las mujeres concatena con virtuosa precisión sus segmentos por medio de palomas, icono universal de la paz –paz que por cierto hoy¹  se celebra universalmente- que pasan de uno a otro lado transfigurándose en mujeres, el encanto de las formas es conmovedor y sobrecogedores son los contrastes de la mujer vieja y la joven. Los símbolos de las figuras femeninas y preciosas se fundamentan en los signos religiosos y mitológicos mezclados con la creatividad individualísima de Carbonell. La joven de cautivante gracia posada en las alturas es tomada de su mano por la mayos que pretende que la lleve consigo. Las alegorías cristianas de la paloma de la Anunciación, la veneración a la maternidad transformada en vida que ilumina y que se expresa en las palabras En la luz yo decido. A lo anterior se agrega el agua pura del manantial, el agua del bautismo donde una adolescente bebe de ella, junto a la silueta de la mítica isla de Ítaca, en que adivinamos a la fiel Penélope esperando a Ulises, que lucha con los hombres, dioses y monstruos por llegar a ella.

Por fin, los dos últimos tramos nos muestran el Norte y el Sur de nuestro país, cuya unidad en su diversidad es una de nuestras grandes riquezas. En el Norte, el retrato masculino áspero, desértico, rudo, arisco, fuerte e indomable; en el Sur, el femenino, arcilloso, mítico, solícito y afectuoso como la madre tierra en donde todo germina.

Dentro de las cualidades estéticas que se aprecian, he querido dejar al final por su gran importancia, el inconfundible manejo del color. Su obra se encuentra muy lejos de la desorganización y de la estridencia así como de la discordancia de algunos pintores que la utilizan para atraer la atención. Por el contrario, este muralista imprime su colorido como elemento de armonía y unidad: no rechaza el rojo vivo ni el espléndido bermellón cuando esto resulta necesario, ni los tonos dulces y brumosos, así como la luminosidad intensa del blanco que nos recuerda las túnicas de los monjes de Zurbarán. Uno de los recursos colorísticos que utiliza es la diversidad del verde, blanco y rojo, nuestros colores patrios pero no colocados al azar ni con un preconcebido orden heráldico, sino inmersos entre alegorías y significantes conciencias con la descripción de nuestra historia, sobre todo, intrahistoria en su concepto unamuniano, que refleja con precisión lo que nos representa referido a nuestro amado México: “debajo de la historia de sucesos fugaces, hay otra historia silenciosa más profunda de hechos permanentes, es la historia de la que no hablan los periódicos ni los políticos, es la historia de los hombres sin historia, que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan aún a orden del sol y van con sus manos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que como la de los madréporas suboceánicas, echan las bases sobre las que se alzan los islotes de la historia; esa vida intrahistórica y silenciosa, fecunda como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que se suele ir a buscar al pasado enterrado entre libros y papeles, monumentos y piedras”.

De entre las cortes de ángeles de la primera de las Elegías de Duino, tránsfuga uno de ellos, al menos, dio la mano, la mente y el pincel de Santiago Carbonell.

¹ 21 de septiembre, día de la develación del mural (N. de la E.)